27/Abril/2014

Aprendiendo inglés por Londres, día 5.

Hoy es el último día de campus. Van a haber inflables. Promete ser divertido. Hoy doy un paseo por el pueblo más cercano.  La mayor parte de los artículos de los supermercados es comida preparada de orígenes dispares. No creo que estuviera dispuesta a incorporarla en mi vida. Por fin llego hasta al mar. La marea está baja y ha debido de dejar al descubierto, varios kilómetros de fango. El sol no me abandona y como “fish and chips” en una terraza frente al mar. Las inglesas de la zona están entraditas en carnes y llevan a las pequeñas en shorts que parecen bañadores y con chanclas como si aquellas terrazas estuviesen en Canarias. Yo no soy capaz de quitarme ni mi abrigo, ni mi chal de lana que protege mi irritada garganta por el aire frío. La terraza empieza a animarse y las risas de un día semi festivo suenan igual en todos los idiomas.

 

Lo que más me gusta de viajar es observar a la gente y encontrar las ocho diferencias con mi vida. También me gusta observar de lo que se rodean y aprender nuevas maneras de existir.

 

Los niños salen del cole. Nos despedimos del monitor y pienso que nunca más le voy a ver. Es una extraña sensación. Todo aquello es un accidente sin más transcendencia en la vida. Cogemos un tren a Londres. En el mismo corazón de la ciudad sacamos brevemente la cabeza, oteamos la Torre de Londres, y nos metemos en el metro. La noche ha tomado la ciudad. Caminamos por una avenida henchida de increíbles tiendas de diseño. Esa ya no es la Inglaterra de las casas centenarias cercadas por bolsas de basura. Nos acostamos en la habitación del hotel y por primera vez me siento pequeña en aquel país. A la mañana siguiente nos encontraremos con papá.

 

 

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2 Comentarios

  • 1. María Mimosorum  |  28 de Abril del 2014 a las 19:46

    Esta serie de post, acerca del idioma de los vikingos, -como tú bien dices-, me ha encantado!! Gracias! 🙂

  • 2. creamomentos  |  29 de Abril del 2014 a las 6:08

    Gracias María.

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