25/abril/2014

Aprendiendo inglés por Londres, día 3.

Los niños se despertaron con ganas de volver al colegio y tratando de conseguir dinero para comprar caramelos. Se emocionaron al saber que mamá tenía dinero raro de ese país. Rebusqué en mi monedero y encontré tres monedas de 50, 30 y 10. Pensé que gestionar 80 céntimos no les convertiría en consumistas obsesivos. Como los caramelos costaban veinte céntimos, tuvimos media fantástica hora de matemáticas sumando, restando y dándose cambio simulado. Cuando llegamos al colegio, el profesor cogió el dinero y sugirió gestionarlo para ellos.

 

Otra vez el día pasó rápido, caminando sin parar. A nuestro regreso, el profesor nos dijo que estaba aprendiendo mucho español y nos enseñó una lista de palabras con sus respectivas traducciones. Cuando nos íbamos, un grupo de niños vocearon: “Adios Dani” con acento guiri y Dani les respondió: “adios”. El profesor me preguntó si volveríamos en verano, y dijo que estudiaría español para entonces. Por un momento pensé que mis hijos no habían aprendido nada de inglés mientras el resto de la clase ya hablaba un español considerable. De nuevo me entró la risa por la contradicción. Mis peques explicaron que habían jugado a un juego en el que uno hacía de reina… Pensé que o le habían puesto una corona o algo empezaban a entender.

Por la tarde, mi amiga Mónica nos llevó a casa de unos amigos a buscar huevos de chocolate en el jardín. Los niños lo pasaron de maravilla y al venir y decirme “Mum, the eggs” casi se me saltan las lágrimas.

 

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4 ComentariosEnviado por: creamomentos
24/abril/2014

Aprendiendo inglés por Londres, día 2.

Los peques se despertaron con los agresivos rayos de sol que apuñalaban la persiana de lamas. Empaquetamos la comida y nos dirigimos al colegio de primaria. Un simpático chico grandullón nos dio la bienvenida. A David los ojos se le pusieron bizcos al darse de bruces con una wii. No hacía falta preguntar, sin haber comenzado el easter club había resultado un éxito. Junto a la mesa del monitor se exponían unos caramelos y bebidas a la espera de que los peques los compraran. No me imaginaba dándoles dinero a unos niños de cinco y seis años para que los gestionasen sabiamente comprando dulces. Lo que sí me imaginaba era el dolor de cabeza que se le podía poner al monitor ante la insistencia de mi pequeño David requiriéndole caramelos. Sólo había llegado un niño más y me preguntaba si estarían solos.  Mis peques y el monitor se quedaron encantados y yo me fui a pasear por el centro.

 

Pensaba que la vida en Inglaterra era el doble de cara que en España y me sorprendí encontrando las cosas al mismo precio o incluso más baratas. Me costaba entender algunas palabras de las vendedoras cuando hablaban rápido, entonces me acordaba de mis pequeños y me preguntaba qué tal les iría. Las seis horas pasaron rápido, andando y andando sin darme cuenta. Volvimos a buscar a los pequeños. David estaba sentado frente a la wii junto a otros niños. Me lo imaginé las siete horas embelesado frente a la pantalla. Mientras, Dani jugaba a baloncesto con sus nuevos amigos. Ninguno de los dos pareció ilusionarse por mi llegada, incluso me obviaron. Recogí sus chaquetas y bolsas de comida esparcidas en unas anárquicas montañas de enseres. Cuando les dije a los peques que nos íbamos, David me pidió dinero para comprar alguno de los tan exhibicionistas caramelos que le debieron tentar toda la tarde. Mientras el monitor hablaba con otro adulto, David le gritaba con el dinero en la mano: “¿Cuánto cuesta?” Le sugerí a que terminara de hablar Carl y se lo dijera en inglés. Así que inmediatamente sin esperar empezó a gritar: “Jaumachisdis?” El monitor se moría de la risa y nosotras también. Nos dijo que eran unos chicos estupendos y que lo habían pasado de maravilla.

 

De camino a casa, David nos dijo que le encantaba ese colegio y nos explicaron que no entendían una palabra pero que se las habían apañado  para cambiarse del campus de manualidades al de deporte, para el cual David aún no cumplía la edad y por eso yo no les había apuntado. Otra vez me entró la risa y hubiera dado la mitad del dinero de mi bolso por poder ver un vídeo de toda su estancia en el campus. Sólo pude sonsacar que habían jugado a béisbol y a todos los demás deportes del mundo, además de que los compañeros llevaban panes raros con bolitas negras encima para el almuerzo. En casa les esperaba una nave y bolsa de Lego star wars, regalo por sus calificaciones del trimestre recién terminado.

 

 

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3 ComentariosEnviado por: creamomentos
23/abril/2014

Aprendiendo inglés por Londres, día 1.

Nos levantamos temprano, como siempre. Les pedí a los nenes que recordaran sus frases y ante mi estupor sólo recuperamos un “toilet please”. Bueno, podrían morir de inanición pero al menos sus pantalones seguirían pulcros. Cuando llegamos a la fila de facturación del aeropuerto, David le espetó al papá de delante en perfecto castellano “Encantado de conocerte”. Las cosas iban bien, al menos aún estábamos en España y practicábamos… nuestra sociabilización. Hacía once años que no viajaba a Inglaterra. Me sorprendió que nos hicieran pasar por control de pasaportes y que  buscaran y rebuscaran a mis hijos en la base de datos del ordenador, por si nos fugábamos del progenitor. Papá apareció por sorpresa en el avión para despedirse de nosotros y para recordarme lo loca que estaba por irme sola con dos pequeños demasiado exploradores al país de los vikingos.

 

Tras aterrizar en Gatwick cogimos un minibús que después de pasar 3 veces por la casa de mi amiga Mónica, decidió que eran suficientes y nos dejó allí. Algunas casas centenarias resplandecían maquilladas para ocultar su senelitud, otras no deseaban esconder nada. En la gran mayoría, los cubos de basura o la basura sin complejos daba la bienvenida a los ocasionales visitantes. Olía a descuido mezclado de decadencia falsa o quizá enmascarada por los medios de comunicación. Cuando cruzamos el umbral de la puerta, fue como cruzar a otro mundo. La casa de mi amiga Mónica tenía ese no se qué de magia esparcido en cada pequeño rincón de la casa.

Imaginaos los ojos de deseo de mis peques al contemplar esta alacena de miniaturas en casa de una farmacéutica. Cada detalle era especial y respondía seguro a alguna experiencia de alguno de sus viajes. Era maravilloso poder estar allí con ella, como si el tiempo nunca hubiese pasado.

 

 

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2 ComentariosEnviado por: creamomentos

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